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Historias de Ortografía: Parte I

 

Este fin de semana he decidido abordar una idea que vengo defendiendo ya de antiguo y que resulta, allá donde la trato, muy polémica. Se trata de la reforma de la ortografía castellana. En esta reivindicación me uno a genios de nuestra lengua como el escritor y premio Nobel Gabriel García Márquez (recomiendo encarecidamente leer 100 Años de Soledad, el mejor libro que he leído hasta la fecha, los que lo consideran el mejor libro en lengua castellana después del Quijote aciertan en mi opinión). Siempre me ha interesado la lingüística y especialmente la evolución de las lenguas, y es por eso que voy a tratar aquí este tema.

 

Para empezar, respondamos a la siguiente pregunta: ¿Por qué no se corresponden las letras con los sonidos? La respuesta es la siguiente: Porque las lenguas van cambiando con el tiempo. En efecto, hay letras que se dejan de pronunciar, letras nuevas, palabras que pasan a pronunciarse de otra manera… el mismo español nació del latín, a medida que íbamos cambiando la pronunciación.

 

Vamos a poner un ejemplo típico, la palabra latina de filius. Primero nuestros antepasados dejaron  de pronunciar la s del final (hoy es una tendencia también el no pronunciar el final de las palabras, pero no es nada nueva como podéis ver), y quedó “filio”. Luego la f se relajó y pasó a ser una h aspirada “jilius” porque era más fácil de pronunciar, la l pasó primero a ll (jillio), y luego la ll pasó a pronunciarse como una j y la u del final se relajó en o, quedando “Jijo”. Finalmente, esa h aspirada dejó de pronunciarse, porque era todavía más fácil así, y quedó hijo.

 

Existen un sinfín de ejemplos de esta evolución, y a todos ellos la ortografía se fue adaptando. Por ejemplo, cuando la ll pasó a pronunciarse como la j, hubo que crear la letra j, porque no existía en latín. Lo mismo pasó con otras letras como la z, la ç, la ñ, la u (en latín se escribía como una v, que a veces se pronunciaba como vocal y a veces como consonante) la y, la w. Así mismo, otras letras se fueron eliminando a medida que ya no se usaban (es el caso de la ç, que primero hubo que crearla y luego hacerla desaparecer). Mi profesor de latín solía decir que si pudiéramos traer a un romano del siglo I, a otro del siglo II, y así sucesivamente trayendo una persona de cada siglo hasta ahora, resultaría que el del siglo I se entendería con el del siglo II, pero le costaría entenderse con el del siglo III y al del IV ya no le resultaría nada fácil entenderlo. El del IV en cambio, se entendería con los de sus siglos cercanos, pero tendría el mismo problema a partir del VIII y así sucesivamente.

 

Como ya he dicho, la escritura buscó durante la Edad Media una manera de adaptarse a estos nuevos cambios, no solo en castellano, sino en todas las lenguas romances (derivadas del latín). El problema es que esta adaptación en ciertas lenguas se bloqueó en cierto momento. En efecto, en un momento de la historia, en casi todas las lenguas se dejó prácticamente de adaptar la ortografía. Sucedió cuando los eruditos de la región llegaron a un consenso sobre lo que era la forma de escritura perfecta. En la época en la que lo hicieron, esa escritura era prácticamente, sino totalmente, fonética. Cada letra se pronunciaba de una sola manera y cada sonido lo representaba una letra, o al menos era prácticamente así.

 

El problema fue que la lengua siguió evolucionando con el paso de los siglos y siguió cambiando, por lo que esa escritura que en su día era fonética, dejó poco a poco de serlo. Es el caso del inglés y el francés. En estas lenguas la escritura se fijó hace ya muchos siglos, y desde entonces han ido evolucionando, especialmente el inglés que por diversas razones experimentó una mutación brutal que lo dejó como hoy en día, donde cualquier parecido entre la escritura y la pronunciación es mera coincidencia. El francés no sufrió tanto cambio, y, como saben todos los que han estudiado algo de francés, si vemos una palabra en francés más o menos sabremos pronunciarla, pero si nos dicen una palabra nueva y nos piden que la escribamos, es mucho más difícil saber cómo se hace porque hay muchas maneras de escribir el mismo sonido.

 

¿Por qué el Español es mucho más fonético que estas dos lenguas? Porque tenemos la inmensa suerte de que en el siglo XVIII a Juan Manuel Fernández Pacheco se le ocurriera crear la Real Academia Española. Esta institución reformó nuestra ortografía y la dejó niquelada, prácticamente fonética. Para ello, eliminó letras y grupos de letras.

 

En concreto, quitó la ç, que existía en nuestra lengua. Es más, en realidad este símbolo, tan francés hoy en día, se creó en España y luego se expandió a otras lenguas. La ç cuando se creó se pronunciaba “ts”, y por ejemplo brazo era braço, pronunciado bratso. Esto era en el Castellano de Cervantes, pero en el siglo XVIII, los hablantes habíamos abandonado esa difícil pronunciación y ahora pronunciábamos brazo. Entonces teníamos la ç que ahora se pronunciaba como la z, y teníamos también la z, que se pronunciaba igual, dos letras para un mismo sonido, igual que hoy la b y la v. La academia eliminó esa diferencia. También eliminó el grupo “ph” que se pronunciaba como la f (se escribía “philosofía” en vez de filosofía, pero se pronunciaba igual). Como no nos hacían falta dos letras para un mismo sonido, eliminó uno.

 

Esta es la causa de que nuestra lengua guarde tanta concordancia entre la escritura y la pronunciación. Nuestro único problema es que tenemos letras que se pronuncian igual. La explicación es simplemente esa, que nuestra lengua se fijó en el siglo XVIII, cientos de años después que la inglesa y la francesa, y no le ha dado tiempo a cambiar tanto desde entonces.

 

Sin embargo, sí que ha cambiado, y ya se empieza a notar. Por ejemplo, la b y la v tenían todavía pronunciación distinta en el siglo XVIII, igual que la ll y la y (todavía conocí a una señora mayor que diferenciaba la ll y la y, y creo que en Cataluña, por influencia del catalán, algunos diferencian b y v). Es probable que en el futuro se pierda la distinción entre za, ce, ci, zo, zu,  sa, se, si, so, su. El 90% de los castellano-parlantes ya no lo diferencian (toda Latino-América, Canarias y partes de Andalucía), y además es una letra que por experiencia he comprobado que les cuesta mucho pronunciar a los extranjeros que aprenden nuestra lengua, por lo que muchos optan por pronunciarla al estilo sudamericano (también lo hacen por razones pragmáticas, vista la abrumadora superioridad de la no distinción).

 

Yo me declaro a favor de reformarla de nuevo, igual que ya hicimos en el siglo XVIII, y hacerla totalmente fonética, por varias razones. La primera de todas, es que es algo normal y natural en la evolución del lenguaje, y si no se hace, tarde o temprano acabaremos como el inglés o el francés. Es mejor adelantarse a los problemas que esperar a que lleguen. Además, es menos traumático para una persona que ya sabe escribir un pequeño cambio que uno radical en el que prácticamente haya que enseñarle a volver a escribir, como sucedería si ahora decidieran  cambiar el inglés y el francés.

 

Mi segunda razón es que hay ejemplos exitosos recientes en el mundo. Sin ir más lejos  podemos citar el chino simplificado (unificó simbolitos, los hizo más fáciles de escribir, lo hizo más fonético, aunque no totalmente etc.), invención del sistema comunista, que por razones políticas no ha podido extenderse a Taiwán (la China Nacionalista). Otro caso sería el turco. Este caso es singular, en 1920 el turco se escribía con letras árabes. Kemal Ataturk decidió cambiar al alfabeto occidental (y fonético), aunque eso suponía tener que enseñar a escribir de nuevo a todo el país de la noche a la mañana. Lo consiguió. Creo que en el portugués también ha habido recientemente una reforma de menor calado, y no hace mucho en el alemán hubo una discusión sobre si se permitía escribir una letra en vez de otra. Esto demuestra que no es algo imposible.

 

Por otra parte, están las razones pragmáticas. Sería mucho más fácil para los extranjeros aprender nuestra lengua. Aprenderían enseguida a escribir y podrían concentrarse en otros aspectos como la gramática, la sintaxis o la pronunciación. Lo mismo para nuestros alumnos, se calcula que un alumno tarda 600 horas en dominar la ortografía, y algunos ni siquiera lo logran (EN TORNO A LA REFORMA ORTOGRÁFICA; Ambrosio Rabanales, Universidad de Chile, http://www.onomazein.net/4/reforma.pdf, al final del artículo). 

 

Estas 600 horas podrían reducirse, dejarse en 100 o algo similar. Imaginad a lo que se podrían dedicar esas 500 horas extras en la formación de los niños… podrían aprender matemáticas de una manera adecuada y no como se hace ahora, aumentar el contenido práctico de las clases de medio, de física o química… en fin, es una cantidad muy elevada que repercutiría en la calidad de nuestra enseñanza.

 

No podemos olvidar tampoco el argumento teleológico: La lengua tiene como fin el comunicarse, pues bien, cuanto más fácil sea la comunicación tanto mejor, pues la lengua tiende mejor a su fin. Si la lengua es totalmente fonética la comunicación será perfecta y no habrá problemas por incomprensión de alguna letra etc.

 

En contra de esta reforma solo se me ocurre la argumentación de que no se podrían comprender los libros antiguos, escritos a la antigua usanza. A mí me parece un poco pobre, porque los libros escritos antes del siglo XVIII (entre ellos todos los de nuestro Siglo de Oro y el Quijote) se pueden leer perfectamente en versión original, solo hay que saber un par de cosas, y si no, pues se traducen como se hizo a partir del XVIII. Solo habría que dar unas clases a los alumnos diciéndoles por ejemplo: la b es una letra de antes, se pronuncia igual que la v (o viceversa). La dificultad para leer estos libros no sería la ortografía, nunca lo ha sido, sino el vocabulario, que es arcaico (Solo cojamos las primeras líneas del Quijote, ya tenemos adarga, lanza en astillero, duelos y quebrantos… expresiones y palabras de otra época que hoy muchos ya no entienden).

 

El otro argumento sería la tradición: Como se ha hecho así, hay que seguir haciéndolo. Este es más pobre incluso, porque el hecho de que se hiciera así no significa que así estuviera bien. Somos animales que se adaptan al medio, y por eso vamos mejorando. Además no es una tradición muy larga el escribir así, solo tiene 300 años… y el escribir de otra manera, sin distinguir b y v, no significa que el idioma se pierda, que tenga menos variedad etc., más aun, al contrario, supone que está vivo y evoluciona, y no podemos olvidar que nuestra lengua nació del latín mediante un proceso similar. Gracias a ese proceso, conseguimos una lengua tan bonita, tan viva, ¿Por qué vamos ahora a frenarlo?

 

Por otra parte, el cambio no tendría por qué ser brusco. Bastaría con que la RAE al principio dijera por ejemplo: Se escribe todo con v, pero si queréis, lo escribís con b. A los niños se les va enseñando que se escribe con v todo, pero se les dice que si ven la b, que la pronuncien igual que la v aunque no la escriban. Con el tiempo nadie escribirá la b y sin casi darnos cuenta.

 

En cuanto a los que dicen que no hace falta reformarla porque está bastante bien como está, con una correspondencia fonética muy superior a la de por ejemplo el francés y el inglés, yo les contesto que mal de muchos consuelo de tontos, y que más vale prevenir que curar. Si hacemos cambios pequeños, que son los que necesitamos, y nos vamos adaptando, no tendremos el problemón que tienen hoy los británicos o franceses. Por ejemplo en inglés ya es casi imposible la reunificación porque han llegado a tal punto que las cosas se pronuncian distintas de un lugar a otro y hasta hay diferencias de escritura según la zona, aunque no muy importantes. (honour/honor por ejemplo).

 

Por todo esto, creo que la reforma es beneficiosa, sin prácticamente consecuencias negativas, y con bastantes consecuencias positivas. En una segunda parte de este artículo publicaré una propuesta amateur hecha por mí, para demostrar que no sería tan difícil hacerla. Sin embargo, os animo a buscar por Internet y a informaros sobre este tema y las propuestas al respecto.

 

pd: Una de mis lectoras más críticas me ha dado una utilidad para la b y la v y otras parejas de letras que se pronuncian igual. Se trataría de diferenciar palabras, igual que hacemos con los acentos. Por ejemplo sabia, savia y sabía. No es un mal argumento para mantener las letras, pero creo que, dado que estos casos son realmente limitados, no compensa mantener la diferenciación, porque para facilitar el 1% de los casos complicamos el 99%. Me parece que sería más razonable o bien usar otros sistemas de diferenciación (acentos, como en éste o este, que por cierto, ya no es obligatorio hacerlo, o por ejemplo poner una mayúscula en un caso y una minúscula en otra vomo Sabia y "sabia"  en vez de sabia y savia). Así no mantenemos una letra adicional y con las que ya existen nos arreglamos. Una solución todavía más fácil sería mantener la distinción b y v solamente para esos casos, y en el resto, escribir siempre con una.

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